EL MIEDO A LAS VACAS – por Jorge Etcheverry Arcaya

© Jorge Etcheverry Arcaya

Afuera del supermercado se estaba juntando gente. Al pasar la vi en el medio. Habíamos estado juntos en el mismo hospital la última vez que me internaron. Era obvio que la habían expulsado del Mall. Es que ella cree que tiene derechos, no la culpo, es lo normal en los ciudadanos de este país, tan distinto del que me tuve que venir por obligación. Me reconoció. Me hizo un además con la mano. El policía que hablaba con ella me pareció sólido, consistente, bajo su máscara. Una joven policía mantenía a la gente a distancia. “Es inadmisible” le dije “que los supermercados no tengan una política especial respecto a las personas con problemas emocionales o mentales, especialmente durante esta pandemia”. No me respondió, pero sus ojos inquisitivos y quizás recelosos revelaban todo un contenido tras ellos, un mundo interior. Una ventaja de la pandemia—desde un punto de vista estrictamente personal—es que el evitar la proximidad, el contacto con los demás, se ha convertido en una virtud. La otra es que lo único que vemos de una cara ahora son los ojos. Antes, nuestra atención se iba hacia otros aspectos fisonómicos, para detrimento de nuestra captación de lo esencial, los ojos. La expresión de los ojos revela lo que se llama un alma, que se manifiesta en múltiples facetas, como los estados de ánimo (Stimmung) tan caros al investigador y simple aficionado a la poesía lírica. Pero incluso el hambre del animal salvaje, la fidelidad del humilde can, el auto contentamiento del gato son otras características, no siempre positivas, que indican la existencia de necesidades, afectos, etc., que es lo que nos hace humanos o animales, según sea el caso, y que se muestran a través de ese órgano de la visión.

Pero en fin…. Me vine a este país por asuntos políticos. Además, tengo una historia de problemas nerviosos. Por varios años en la niñez me dieron un calmante, Calcibronat. Ya en mi país de origen y en plena crisis política, comencé a ver esas caras, mejo dicho esos ojos, que eran como ventanas que se abrieran hacia un vacío inconmensurable, entonces sentía ese horro vacui. Parecía que los demás no lo notaban, o no parecían alterarse por eso. Quizás mi atención fue lo despertó la atención de ellos—si se los puede denominar así— y comencé a verlos cada vez más seguido, en el bus, en los cafés, detrás de mi reflexión en un escaparate céntrico. Un vacio enmascarado y acechante. Desde mis primeros problemas, primero psicológicos y luego políticos— me acostumbré a una vida semi clandestina, reservada. Incluso mis compañeros y amigos de la época comentaban, cuando me veían mirar hacia todos lados, “a este ya le bajó la persecuta”.

Pero a lo que iba, yo le decía a esa niña, en el café al que la invité después—sentados frente a frente, manteniendo la distancia social, después de haber injerido nuestros respectivos medicamentos—que ella tenía que “lie low”, es decir, en inglés, tratar de no llamar la atención, de pasar desapercibida, repitiéndole lo que tantas veces le había dicho en el hospital. Recordé que alguna vez en el hospital ella me había mencionado algo de esa gente de ojos vacíos, y retomé ese tema, una conversación que había quedado interrumpida. “No se trata de una mirada inexpresiva, ni de una no mirada, como sería el caso de los no videntes, sino de algo todo lo contrario, de una nada que se asoma, o mejor a la que uno se asoma, eso en latín es horror vacui” trataba de explicárselo a Phyllys, en ese idioma que no es el mío.

Es que para mí, el café y cualquier forma de azúcar, como esos pastelillos que nos estábamos comiendo, son lo que para otros es la cocaína. O el Prozac, esa cocaína legal, le explique, “No es la unidimensionalidad de Marcuse, claro que detrás de esos ojos no hay nada, pero no es la nada cósmica, que por otro lado es densísima antimateria y voraces hoyos negros cuyo color es la máxima densidad energética y material. Los hombres antes decoraban las cavernas, llenaban de grecas los vasos, utensilios, tratando de conjurar ese vacío que creían que estaba afuera, mientras que en cambio se estaba gestando adentro, se revelaba por los ojos. Se sabía advertido y a su vez perseguía al perseguidor. No es el Azathot de Lovecraft, porque el caos por más caótico que sea no es el vacío” .

Ella me decía “Arturo, Arturo, no muevas tanto las manos, cálmate, la gente nos está mirando desde las otras mesas”. Entonces, en mi mal inglés le menciono y descarto la entropía, porque el vacío no es ese equilibrio básico o final. Y casi sonrío al decirle, sabiendo que estoy pronunciando mal, que apenas se me entiende “ la ironía de haber mirado siempre hacia afuera, hacia lo sideral que en definitiva estaba lleno, en lugar de considerar la posibilidad de que ese vacío de alguna manera se hubiera instalado adentro de algunos de nosotros, los observadores aquejados del horror vacui”, y ella me pregunta qué es eso de horror vacui, no mucha gente conoce esos términos del latín, luego dice “ya sé, horror, como en inglés, la misma palabra”, y vacui, ¿es esa la palabra para vaca (cow), en tu idioma?, ¿cómo puede ser eso de miedo a las vacas?”. Veo que se está poniendo nerviosa, hay que cortar la conversación, levantarse y salir, ya que dada su condición eso puede tener consecuencias serias, y más aún en público, “sí” le digo, para terminar de una vez “Horror Vacui quiere decir en español miedo a las vacas”.

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Jorge Etcheverry Arcaya, poeta, editor y traductor nacido en Chile. Vive en Canadá.  Sus textos han sido publicados en varios países, incluyendo poesía, crítica, ficción literaria, ensayo y ciencia ficción. Sus últimos libros son Clorodiaxepóxido (Chile 2017), Canadografía: antología de prosa hispanocanadiense (Chile 2017),  Los herederos (2018), Samarkanda (Canadá 2019), Outsiders (2020).

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